Dr. Marcello Molinaro
Dentista, fundador de PerioVoice AI · 21 de agosto de 2026
Durante casi 20 años, el diagnóstico periodontal se apoyó en la clasificación de 1999, que distinguía entre periodontitis "crónica" y "agresiva". El problema: esa frontera resultó difícil de aplicar de forma reproducible entre distintos clínicos, y no reflejaba bien la severidad real ni el riesgo de progresión. En 2017, la American Academy of Periodontology y la European Federation of Periodontology organizaron un World Workshop conjunto para rediseñarla por completo; el resultado, publicado en 2018, es la clasificación vigente hoy.
La periodontitis se describe ahora mediante dos ejes independientes en lugar de una única etiqueta.
El estadio (I a IV) refleja la severidad y complejidad en el momento del examen: pérdida de inserción interdental máxima, pérdida ósea radiográfica, dientes perdidos por causa periodontal, y factores de complejidad (profundidad de sondaje, afectación de furcación, defectos de reborde). Se determina según el sitio más afectado de la boca, no un promedio.
El grado (A, B o C) refleja la velocidad de progresión estimada y el nivel de riesgo: evidencia directa cuando radiografías previas permiten comparar la evolución, o evidencia indirecta mediante el porcentaje de pérdida ósea dividido por la edad del paciente, ajustado por factores de riesgo como el tabaco o una diabetes mal controlada.
En la práctica, hay dos puntos clave. Primero, el diagnóstico ya no se limita a una única etiqueta: ahora hay que registrar estadio y grado por separado, lo que aporta más valor pronóstico pero exige reunir información que no siempre está disponible en la primera visita (radiografías anteriores, sobre todo). Segundo, en ausencia de datos longitudinales, el grado B es el punto de partida por defecto recomendado, a reevaluar después según la evolución clínica y los factores de riesgo identificados.
La clasificación ha mejorado claramente la coherencia del diagnóstico periodontal, pero no está exenta de límites: el grado sigue siendo difícil de estimar con precisión sin historial radiográfico, y varios estudios han documentado una variabilidad interobservador considerable al asignarlo sin registros previos. Tratar el diagnóstico como algo evolutivo —reevaluado en cada control en lugar de fijado en el primer examen— sigue siendo la mejor garantía de fiabilidad.
Más allá del cambio de vocabulario, esta clasificación supone un cambio de mirada: la periodontitis ya no se entiende como dos enfermedades distintas (crónica y agresiva), sino como una única enfermedad cuya severidad y riesgo varían en un continuo. Para la práctica diaria, es menos una carga administrativa que una herramienta más precisa para comunicar al paciente su pronóstico real.